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La depresión

La depresión

Se habla de la depresión con cierta frecuencia, aunque paradójicamente no se conoce a fondo.

En España la prevalencia de la depresión se encuentra entre el 9.6% y el 20.2%. Se trata de uno de los problemas emocionales más frecuentes. El riesgo a lo largo de la vida de sufrir una depresión es de un 10% para los hombres y casi un 25% para las mujeres. Además, presenta una alta comorbilidad cursando con otros problemas tanto físicos como psicológicos. Pese a su alta prevalencia, este trastorno no se diagnostica correctamente en un importante porcentaje de los casos y pocas veces recibe un tratamiento mínimamente adecuado, lo que a la larga produce más abandonos y recaídas, así como elevados costes.

El hecho de que las personas deprimidas no reciban el tratamiento necesario puede tener importantes consecuencias negativas, tales como la reducción de su calidad de vida (Spitzer et al., 1995), la cronificación de sus problemas emocionales (Kessler et al., 2011), el incremento del uso de los servicios de salud (Greenberg, Stiglin, Finkelstein, & Berndt, 1993), o el aumento del riesgo de suicidio (Oquendo et al., 2002).

Identificar el tratamiento más efectivo para la depresión ha sido el objetivo de un importante cuerpo de trabajos científicos llevados a cabo principalmente en las últimas tres décadas. La mayor parte de estos trabajos se ha centrado en analizar los efectos de los fármacos antidepresivos, de los tratamientos psicológicos, o bien de la combinación de ambos. Una buena parte de ellos han sido recogidos en diferentes meta-análisis en los que se compara el efecto de tratamientos psicológicos con tratamientos farmacológicos y en los cuales coinciden en señalar que, si bien ambos tratamientos muestran resultados similares a corto plazo, los tratamientos psicológicos presentan mejores resultados a largo plazo, con una menor tasa de abandonos y recaídas (De Maat et al., 2006; Imel, Malterer, McKay, & Wampold, 2008).

Este dato es consistente en estudios que comparan el tratamiento psicológico tanto con antidepresivos tricíclicos o IMAO, como con antidepresivos de segunda generación (ISRS) (Spielmans, Berman, & Usitalo, 2011). Por otra parte, existe evidencia de que el tratamiento combinado (que incluye el tratamiento psicológico junto al tratamiento farmacológico) es más efectivo que el tratamiento psicológico por sí solo únicamente a corto plazo, pero no a largo plazo (Cuijpers, van Straten, Warmerdam, & Andersson, 2009).

De los diferentes tratamientos psicológicos analizados, han mostrado ser más efectivos aquellos denominados “bona fide”, los cuales reúnen los siguientes criterios (Spielmans et al., 2011; Spielmans, Pasek, & McFall, 2007): que el terapeuta haya sido entrenado para proveer la psicoterapia y tenga formación específica, que exista una relación terapéutica cara a cara e individualizada (no sólo una aplicación estandarizada de los procedimientos), y que los tratamientos cuenten con un manual como guía y se dirijan a modificar componentes psicológicos específicos. En esta línea, los tratamientos psicológicos que han mostrado mayor efectividad para la depresión incluyen la terapia cognitivo-conductual, la activación conductual, la terapia interpersonal o la terapia de solución de problemas (Cuijpers et al., 2009).

Todos estos datos han llevado a considerar al tratamiento psicológico como un elemento principal en la intervención de la depresión.

Podemos ayudarte…

La depresión no es sólo uno de los trastornos más frecuentes, sino que además es uno de los que más daño hace a la persona que lo sufre y a quienes conviven con ella. La depresión invade y perturba todas y cada una de las áreas de la vida de la persona. Aunque hay momentos de relativo alivio, es como si la depresión se llevara continuamente a cuestas.

Uno de los aspectos que ayudará a entender y superar la depresión es conocerla mejor y familiarizarse con sus síntomas y causas. 

La depresión es un trastorno emocional que implica cambios importantes en la forma de pensar, sentir y actuar. Se pueden sentir muchas ganas de llorar, tristeza, irritabilidad o ansiedad. A nivel corporal es frecuente sentirse cansado, tener problemas de sueño, cambios en el apetito, etc.

También la forma de pensar cambia de forma importante, se tiende a ver el lado oscuro de las cosas. Es como si viéramos las cosas con pesimismo y negatividad. Se suele pensar mal acerca de uno mismo, de tal forma de es frecuente la auto-desvalorización y la culpa. Puede llegar a parecernos que el mundo es un lugar absurdo, que los demás nos rechazan o que nada tiene sentido. El futuro se percibe como un callejón sin salida, sin esperanza y con pocos deseos de continuar.

La forma de actuar va en consonancia con nuestros pensamientos y sentimientos. Se tiende a reducir las actividades realizadas, la inercia va dominando a la persona y se suele dejar de salir, de ver gente o, incluso, de ir a trabajar.

¿Qué causa la depresión?

Cuando una persona se deprime es porque de alguna forma ha perdido algo o a alguien valioso. Puede ser causada por cambios vitales como: pérdida o enfermedad de personas queridas, enfermedad propia, problemas de pareja o de familia, de trabajo, económicos, o cualquier acontecimiento que implique que la persona se vea privada de algo que considere importante.

Desde esta perspectiva, cuando la persona percibe la pérdida, pasaría por un periodo normal de tristeza, pero si no puede afrontarla de forma eficaz, comenzaría a sentir los cambios emocionales, cognitivos y conductuales ya comentados. Parte de estos cambios implican modificaciones en el funcionamiento bioquímico del sistema nervioso central.

Por supuesto, existen factores que predisponen o vulneran a la gente hacia la depresión. Algunos ejemplos son el estilo de vida falto de satisfacción, el estilo cognitivo (por ejemplo, la creencia de que uno mismo no es lo suficientemente valioso, la tendencia a la culpa, etc.), las deficiencias en el área social y la dificultad para solucionar problemas.

Una vez que la persona se ha deprimido, ¿por qué sigue deprimida? Se produce una pérdida que causa dolor emocional y se empieza a dejar de hacer cosas. Al privarnos de actividades que todos necesitamos para poder sentirnos bien, se produce más pérdida, que produce más dolor y más inercia a seguir sin hacer cosas.

Cada  vez que una persona deprimida se plantea hacer una actividad, el malestar que experimenta le hace no realizarla. Y esta es la que se ha llamado la “trampa” de la depresión. Rechazar hacer actividades es una reacción natural, pero en realidad mantiene la depresión y el bucle depresivo.

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